ORACIÓN. Según Mirdad

¿Y dónde está Dios, para que le grites al oído tus fantasías y vanidades, tus alabanzas y quejas? ¿Acaso no está dentro de ti y a tu alrededor? ¿No está su oído más cerca de tu boca que tu lengua de tu paladar? A Dios le basta su divinidad, de la cual tú eres la semilla.

Si Dios, habiéndote dado la semilla de su divinidad, hiciera todo en tu lugar, ¿qué virtud poseerías? ¿Y cuál sería el propósito de tu vida? Y si no tuvieras nada que hacer, sino que Dios lo hiciera por ti, ¿qué sentido tendría tu vida? ¿De qué servirían todas tus oraciones?

No le lleves a Dios tus innumerables preocupaciones y esperanzas. Implórale que te abra las puertas para las que te ha dado llaves. Busca, en cambio, la inmensidad de tu corazón. Porque en la inmensidad del corazón reside la llave de todas las puertas. Y en la inmensidad del corazón están todas las cosas que anhelas y deseas, sean buenas o malas.

Un poderoso ejército está a tu disposición, listo para cumplir todas tus peticiones. Bien equipado y disciplinado con sabiduría, y si se le ordena sin temor, puede trascender la eternidad y derribar todas las barreras que le impiden alcanzar su propósito. Si se le maltrata, se le desdisciplina y se le ordena con timidez, se agita o retrocede precipitadamente ante el menor obstáculo, arrastrando consigo la negra derrota. No hay otro ejército, oh hombre, que estos diminutos glóbulos rojos que ahora corren por tus venas; cada uno de vosotros, en silenciosa quietud, traza en silencio registros honestos de fortaleza, cada uno un milagro de fortaleza, cada uno un relato completo y honesto de toda vuestra vida, adentrándose en sus detalles más íntimos.

En el corazón se reúne esta hostia; desde el corazón se despliega. Por eso el corazón es tan famoso y venerado. De él brotan tus lágrimas de alegría y tristeza. En él se precipitan tus temores a la vida y a la muerte.

Tus anhelos y deseos son el equipamiento de esta hostia. Tu mente es la disciplinadora. Tu voluntad, la que entrena y dirige.

Cuando logres equipar tu sangre con un único Deseo Maestro que silencie y eclipse todos los demás deseos; y confíes en un Pensamiento Maestro para la disciplina, y encomiendes a una Voluntad Maestra la tarea de entrenar y dirigir, ten por seguro que cumplirás este deseo.

¿Cómo alcanza un santo la santidad sino purificando su sangre de todo deseo y pensamiento incongruente con la santidad, y luego dirigiéndola con una voluntad inquebrantable a buscar únicamente la santidad?

Les digo que todo santo deseo, todo santo pensamiento y toda santa voluntad, desde Adán hasta nuestros días, acudirán en ayuda de quien anhela la santidad. Las aguas siempre buscarán el mar, como los rayos de luz buscan el sol.

¿Cómo logra un asesino sus propósitos sino avivando su sed de sangre con furia, reuniendo sus pensamientos en filas cerradas bajo el embate del pensamiento y ordenándole con voluntad implacable que aseste el golpe fatal? Les digo que todo asesino, desde Caín hasta nuestros días, acudirá sin fuerzas para fortalecer el brazo de quien ansía la muerte. Siempre ha sido así: los cuervos se juntan entre sí, y las hienas entre sí.

Orar, sin embargo, es insuflar en la sangre un único deseo del Maestro, un único pensamiento del Maestro, una única voluntad del Maestro. Así es como debes armonizar contigo mismo para alcanzar la perfecta armonía con todo aquello por lo que oras.

La atmósfera de este planeta se reflejaba en cada detalle de nuestro corazón, rebosante de recuerdos errantes de todo lo que ha presenciado desde su nacimiento.

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